Una mañana, Santiago Bernabéu se presentó en el entrenamiento de los juveniles del Real Madrid. Quería observar a un extremo que destacaba por encima del resto. Accedió al campo, siguió la sesión, buscó al chaval con la mirada y de repente reparó en un tipo solitario que daba indicaciones desde la banda. El presidente preguntó al cuerpo técnico por aquel hombre. «Es el padre del chico», le dijeron. Bernabéu contestó: «No me interesan juveniles con padre».

La anécdota demuestra que no hemos cambiado tanto desde los años 50. Son esos padres que, de camino al partido del sábado, le van escrachando al hijo por el retrovisor. Esos que harían la alineación y rematarían los córners y las faltas y hasta al árbitro, contra un muro y de frente. Esos que convierten un encuentro gozoso entre niños en un insufrible examen: el que tiene que pasar el hijo. Esos que una vez terminado el partido -de vuelta a casa, languideciendo el interrogatorio- apostillan: «Y la próxima vez tiras tú».

Un padre ubicado en la banda de un campito de fútbol aconseja gritando: «¡Pero pásala, hostias!». Un cartel en un campo de rugby aconseja mandando callar: «Si quiere un campeón en la familia, entrénese usted. Mientras deje que su hijo juegue feliz». (…)

Quizás nadie como Andre Agassi para hablar de esos padres que un día cambiaron un cuento en susurros por una pizarra a gritos. El tenista tenía siete años cuando el suyo -un tipo frustrado que no había logrado nada como boxeador profesional- le bombardeaba con 2.500 pelotas diarias. El pequeño Andre habría destruido esa máquina lanzapelotas de color negro y con ruedas de goma. El Agassi niño le tenía verdadero miedo al artefacto. Por eso lo llamaba el dragón.

«No empecé en el tenis por elección, yo odiaba el tenis con toda mi alma. Yo tenía que golpear miles de pelotas porque mi papá tenía la idea de que nadie me iba a ganar si golpeaba miles de pelotas por día y por años. Sentí que mi padre ponía muchas expectativas en mí. Nuestra relación se basaba exclusivamente en el tenis», ha contado Agassi. «Yo quería que él fuera mi papá, no mi entrenador».

Bernabéu despachó al hombre de la banda. La paradoja es que el padre del juvenil sólo quería el éxito y el niño Agassi sólo quería jugar. Y para un crío, no hay cosa más seria que el juego.

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