Por muchos premios y Champions que gane, el logro más heroico de Cristiano Ronaldo es que una época que estaba condenada a recordarse en el futuro como la dictadura de Messi todopoderoso, se ha convertido en un duelo que, objetivamente, no debería haber existido. Pero, por puro orgullo y fuerza de voluntad, él lo ha fabricado y da igual que lo pierda. Lo imposible ya lo ha hecho.

Porque, cuando (casi todos) hemos asumido que Messi es el mejor de esta generación y, seguramente, de cualquiera, el hecho de que le iguale a Balones de Oro es una hazaña. Una hazaña que dice muchas cosas (positivas) de Cristiano y las mismas (negativas) del Barcelona, cuya explotación de la gallina de los huevos de oro ha recordado a Homer Simpson en la central nuclear: tocar botones al tuntún y cruzar los dedos.

Tiene mucho mérito lo del Barça. En 13 años con Messi a los mandos (rodeado de gran parte de la mejor generación de la historia del fútbol español más los RonaldinhoEto’oNeymar, etc…) es más difícil no alcanzar la final de la Champions en nueve que ganar cuatro. Las mismas que tiene Cristiano entre el United y el reciente arreón del Madrid, al que le ha bastado tomarse la vida en serio tres primaveras para anular el efecto Messi en el palmarés europeo. Así es él.

Y así es también Cristiano, un futbolista tremendo que, además, ha convertido un defecto en arma para aprovechar la mayor carencia de su némesis. Mientras Messi sin la pelota tiene el mismo carisma que una tortilla francesa, él nunca deja indiferente. Ni lo pretende. Y, sí, su ego desmesurado es una fábrica de antipatía, pero da igual. Ser el supervillano es siempre éxito de márketing.

Porque se quiere vender que esto es fútbol, que lo de fuera del campo no importa y blablablá. Mentira (por suerte). El fútbol no es un deporte, es una película. Una en la que cuenta tanto la batalla entre bandos como la construcción de personajes. Y ahí no hay color. Cristiano (como el Madrid) es Darth Vader y Messi es el soso Luke Skywalker, que te revienta la Estrella de la Muerte, pero, en vez de salir a celebrarlo, se va solo a casa a ver Anatomía de Grey.

En un mundo cuqui todos irían con el héroe educado, pero nos va la marcha. Miren los datos en redes sociales, los contratos publicitarios. Si en premios y Champions empatan, aquí golea CR7. El niño que admira a Messi quiere jugar como él. El que admira a Cristiano quiere ser como él, vestir como él y, que Dios nos ampare, peinarse como él. Messi es una estrella, Cristiano es un icono. Algunos creen que cada vez que Cristiano gana un Balón de Oro muere un gatito. No. Cada vez que gana, nacen mil haters y él acaricia un gatito. Y se ríe. Porque ese odio es otra victoria.

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